
Y es que no hay edad para lanzarse a la pista y seguir el ritmo de la música. Y en el caso de las personas mayores es un estupendo pasatiempo para prevenir el envejecimiento en todos los niveles. Así, a nivel físico beneficia al corazón (sobre todo si se practica baile de salón), mejora el sistema respiratorio gracias a que facilita la circulación de la sangre, gasta calorías y se fortalecen todos los músculos y huesos.
¿Y qué pasa a nivel emocional?
Cuando bailamos, se reducen nuestros niveles de ansiedad, estrés o angustia gracias a esa melodía que estamos escuchando y a los movimientos de nuestro cuerpo. Se incrementa la confianza en uno mismo, al tiempo que nuestra mente está distraída de los problemas pero concentrada en aprender esos nuevos pasos de baile y en no quedarnos atrás con el ritmo. Fantástico para ayudar a que nuestro cerebro esté activo y se ejercite.
En este sentido, la Universidad McGill (@mcgillu) en Canadá estudió los efectos de bailar tango en personas aquejadas de párkinson y sus resultados no pudieron ser más significativos y positivos.
El baile “estimula el sistema nervioso central y la actividad cerebral mucho más que otras disciplinas deportivas”. Además, aseguran, en el caso de estos enfermos, el sonido de la música hace que los temblores no se adueñen de su cuerpo y ganen en coordinación y equilibrio.
Con las notas musicales más movidas y divertidas ayudaremos a que mejore nuestra vitalidad, alegría y ganas de vivir. Y si lo hacemos en pareja, es una forma de socializar y conectar con las demás personas. Una estupenda manera de mitigar los estragos de la soledad y hacer amigos en el caso de las personas que no tienen esa compañía con la que disfrutar de sus aficiones.
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