La ansiedad nos tiene en las consultas y en las farmacias. La convicción de que el esfuerzo personal es lo que nos va a sacar adelante no nos deja conciliar el sueño. Por eso, dejamos atrás la época del Prozac (los 90) y estamos en plena era de los ansiolíticos.
Fuente: Diario La Tercera. Por J.Abate-J.M.Jaque-F.Derosas.
URGENCIAS, 8 PM de un miércoles, el siquiatra de turno le da a Pascuala un par de pastillas para que por fin pueda dormir; 2:30 AM, Ricardo se pone buzo y sale a trotar para cansarse y así, quizás, poder dormir; 3 AM, José se ducha intentando encontrar nuevas técnicas para poder dormir; 5 PM, el siquiatra de Laura hace tres recetas diferentes de Noptic, para que ella pueda dormir cada una de las noches de tres meses.

Y claro, mientras más fuerte la angustia, más difícil dormir. Mientras más preocupaciones, más presiones, más vida agitada, más comida, más ansiedad. Es como una especie de callejón sin salida, que provoca malas noches y pésimos días. Y que parece no terminar nunca, porque el problema es la vida que llevamos, pero la vida no se arregla así tan fácil. Ni tan rápido.
A menos que uno se olvide de querer erradicar el problema y se contente con la medida de parche: las pastillas. De esas de la familia de los ansiolíticos que prometen (y cumplen) la solución instantánea. Las mismas que en las farmacias aumentan en cerca de 30% sus ventas a partir de marzo y las bajan en similar medida en diciembre. O las sucedáneas, que en las farmacias homeopáticas las venden a un 50% más de personas apenas comienza el año laboral.
Nunca antes habíamos tenido tantos problemas para dormir. Nunca antes las consultas en los centros especializados habían recibido tantos pedidos de atención (22% aumentaron las consultas entre 2010 y 2011 según datos del Centro del Sueño). Y parece que también nunca antes estuvimos tan desesperados por ayuda. Porque si los 90 fueron los años del Prozac (antidepresivo), esta década es la de las benzodiacepinas (Alprazolam, Tricalma, Zotran), verdaderos milagros de la inmediatez.
Y ahí estamos nosotros. Pero también todos los demás: según la Encuesta Mundial de Salud de 2002, la ansiedad es hoy el problema de salud mental con mayor prevalencia en el mundo y se estima que al cumplir 32 años, 50% de la población mundial calificaría para algún trastorno ansioso, que inevitablemente repercutirá en el sueño.
Es que la vida nos alcanzó.

La ansiedad es nuestro problema. Y lo tenemos enquistado. El sicólogo, escritor y consultor de Imagen de Chile, Pablo Torche, dice que los problemas de ansiedad que enmascaran los trastornos del sueño son el resultado de las exigencias que nuestra sociedad nos ha impuesto en las dos últimas décadas. Desde principios de los 90, la sociedad chilena ha valorado tanto el crecimiento económico y la cultura del ranking y de los indicadores, que estos parámetros han pasado a ser parte de nuestra piel, al punto que nos hemos convertido en “personas que vuelven a las nueve o 10 de la noche a la casa, reventados, pensando que no es eso lo que quieren para sus vidas, pero que si se esfuerzan, van a poder conseguir un poco más, van a poder comprar una mejor casa o cambiar el auto”.
Es precisamente esta sensación de que con esfuerzo todo se consigue la que está determinando el ritmo de vida frenético de los chilenos. A la generación que hoy tiene sobre 35, sus padres les enseñaron que la dedicación era central en la vida, y eso los mantiene sin pausa. Ahora se lo están enseñando a sus propios hijos. Torche explica que esta idea se ve transversalmente en la clase media, que ha tenido acceso a muchas oportunidades nuevas en las últimas décadas, desde ser los primeros de la familia en entrar a la universidad, hasta viajar y comprar bienes gracias al sistema de crédito: “Todo esto ha creado una clase media llena de aspiraciones”, que como ha conseguido muchas cosas gracias al esfuerzo, cree que es ese mismo esfuerzo, desmedido y a costa de su propia salud, el que le permitirá acceder a cualquier cosa. El problema es que cuando empezamos a violar los límites de nuestro propio cuerpo, no hay esfuerzo que alcance.
Esa es la característica distintiva que, aunque no nos demos cuenta cuando vamos por la cuarta o quinta táctica de la noche para lograr dormir, está condicionando nuestro sueño y nuestro día. No tenemos tiempo para nosotros mismos, intentamos hacer muchas cosas a la vez, y tener una enorme oferta de entretención y actividades siempre disponibles no ayuda a calmarnos.
Las personas, dice Rodrigo Galeno, neurólogo y docente de la Facultad de Medicina de la UDP, necesitan tiempo para pensar en sus problemas, para tratar de hallar formas de solucionarlos. Y eso es justamente lo que hemos perdido, y al hacerlo nos aumenta la angustia de hacernos cargo de nosotros y de nuestras familias. En esa misma línea, el vicedecano de la Facultad de Medicina de la U. de Chile y especialista en medicina del sueño, Ennio Vivaldi, comenta que “la gente ya no cree en las instituciones ni en que un grupo de personas se ocupe de lo que le pasa. Ya no se confía en nadie y eso nos hace sentir muy vulnerables y preocupados de cómo hacemos la vida por nosotros mismos”.
En términos numéricos, lo anterior se refleja en el hecho de que en sólo una década, el número de chilenos que duerme sólo seis horas diarias pasó de 30% a 80%.
Las pastillas, el paraíso personal.

Más aún: el especialista sostiene que la somnolencia es mucho peor que consumir alcohol. “Si alguna legislación del mundo tuviera un equivalente para medir la cantidad de sueño y no sólo la de alcohol, le pasarían multas a mucha gente que, por sueño, no está apta para manejar”, dice. De hecho, según una revisión de estudios sobre este tema de diferentes universidades, institutos y la Nasa, estar despiertos por entre 17 y 18 y media horas diarias nos hace desempeñarnos como si tuviéramos un nivel de 0,05% de alcohol en la sangre, mientras que estarlo por entre 18 y 19,7 horas diarias, o dormir entre cuatro y cinco horas cada día durante una semana, equivale al nivel de desempeño que se tendría con 0,1% de alcohol en el cuerpo (una copa de vino).
Quizás uno de los peores aspectos de la fisiología del sueño es que la falta de descanso se convierte en un dramático círculo vicioso. Así lo explica el doctor de la Universidad de Chile y la Mutual de Seguridad, Claus Behn. Los seres humanos, dice, tenemos un sistema nervioso central, que controla nuestra motricidad y cognición, y uno autónomo que controla actividades como los latidos del corazón o el movimiento de los intestinos. Este último está a cargo del sistema nervioso simpático, que es el que activa nuestras alertas para reaccionar a una situación de emergencia: “Se ha comprobado que la falta de sueño activa el sistema simpático, lo que implica que la persona, cuando no duerme y a pesar del cansancio, vive en una eterna situación de alarma, con presión arterial elevada y sintiendo siempre angustia, a partir de lo cual come más de la cuenta y se siente profundamente estresada”.
Es éste el circuito inacabable que las personas tratan de resolver recurriendo a las pastillas, que arreglan este “desperfecto” del sueño en cuestión de horas. Y lo hacen con un empeño, que el límite entre el uso y el abuso pierde la nitidez.
En 1993 se promulgó un decreto que instauraba la receta médica retenida para consumir estas drogas, normativa que entraría en vigencia a partir de 1995. Sin embargo, a pesar de que se reguló el consumo y hubo un descenso inicial, una década después había vuelto a niveles similares. La industria prefiere no revelar sus cifras, pero todo parece indicar que el uso se ha incrementado. Según una investigación de 2010 del Conace, de un total de 575 pacientes ingresados a urgencia de un hospital público en Santiago, el 21% arrojaba positivo para benzodiacepinas, casi 10% más que lo que señalaba un estudio similar de hace 10 años.
Es que en nuestra época se registra también otro elemento que nos distingue de generaciones anteriores: la necesidad de encontrar soluciones inmediatas, que alejen la incomodidad y que nos libren del esfuerzo. Por eso, dice Diana Florea, neuróloga del Centro del Sueño, las personas acuden al médico general para que les recete medicamentos que puedan ayudarlos rápidamente, en vez de someterse a otro tipo de terapias especializadas para desórdenes del sueño: “Últimamente queremos que todos nuestros problemas tengan una solución rápida, una mágica pastilla que lo solucione todo y esa no siempre es la mejor solución. Un proceso que es más largo, donde corregimos la higiene del sueño y aplicamos una terapia cognitivo-conductual para el manejo del problema, proporciona una mejoría que durará a largo plazo”.
De muestra de esta necesidad de inmediatez, un botón: si bien siempre han existido trastornos del sueño, recién en la última década se han comenzado a reconocer como un problema médico que puede ser tratado con pastillas.