A comienzos de este siglo, ya se hablaba de la “generación ravotril”: chilenos de 25 a 40 años que, sometidos a presiones laborales o afectivas, encontraban en esta droga una rápida solución a momentos de angustia o miedo.

Ha pasado más de una década y el panorama sigue estando igual o peor, en opinión de muchos especialistas. En el país, el consumo de benzodiacepinas -familia de medicamentos a los que pertenece el ravotril  (clonazepam)- se mantiene en altos niveles, aun cuando la venta ha disminuido en los últimos años: si en 2008 se vendían alrededor de 5 millones de unidades de ansiolíticos, en 2012 la cifra bordeó los 4 millones 200 mil unidades, según datos del sector farmacéutico.

Esa es la cifra oficial, porque aunque desde 1995 requieren de receta retenida para su venta, igual se consiguen en ferias libres o redes de microtráfico, por consejo de un amigo o porque es lo que está de moda. Los más comunes son los genéricos diazepam o bromazepam.

“Lo que pasó con la receta retenida es lo que está probado que ocurre con ese tipo de medidas: aumentan las consultas y la peregrinación a varios médicos para conseguir más de una receta. Y también aparece un mercado negro; se inventa la norma y de inmediato aparece el resquicio”, comenta
la psicóloga Mirentxu Bustos, autora del libro “La tranquila adicción de Santiago”, que trata sobre el consumo de benzodiacepinas a nivel local.

A eso se suma que hay médicos que no indican bien estas drogas. “En general son prescritas por psiquiatras o neurólogos, pero también hay médicos generales que comenzaron a indicarlas sin conocer bien sobre dosis y tiempos de uso”, comenta la doctora Lina Ortiz, psiquiatra de la Clínica Las Condes.

Así, pese a que ha habido una baja en la venta de ansiolíticos, un aspecto que preocupa a los especialistas es que se están consumiendo en dosis más altas que lo recomendable, potenciando los riesgos asociados al mal uso de estos medicamentos.

Las benzodiacepinas son fármacos psicotrópicos. “Sirven para disminuir la ansiedad, producen relajación muscular y sedación; tienen un efecto hipnótico que ayuda a dormir y también un efecto anticonvulsivante.
Actúan directamente sobre el sistema nervioso central”, explica el doctor Carlos Ibáñez, del Servicio de Psiquiatría del Hospital Clínico U. de Chile.

Por eso su consumo debe ser bajo supervisión médica y no extenderse por más de tres meses, según indicaciones de la FDA.

“Hay riesgos con su uso prolongado; los más habituales son problemas de memoria y trastornos en la estructura de las fases del sueño”, agrega el doctor Ibáñez.

Un dato reciente lo aporta un estudio publicado en el British Medical Journal. Tras 20 años de seguimiento a un grupo de mil pacientes, investigadores de la U. de Burdeos (Francia), concluyeron que el consumo de benzodiacepinas puede aumentar hasta en 50% el riesgo de desarrollar demencia en pacientes mayores de 65 años.

“Otro efecto adverso en los adultos mayores es el riesgo de caídas y fracturas; según la dosis de la pastilla, la persona tiene reflejos más lentos, por eso los pacientes que toman estas drogas no deberían manejar”, comenta Ibáñez.

En 1998, un estudio del Hospital del Trabajador mostró que del total de trabajadores accidentados que requirieron hospitalización, un tercio había consumido algún tipo de droga en las horas previas: lo más usual fue el alcohol y luego los tranquilizantes.

Además de estos problemas, existe el riesgo de dependencia y adicción entre quienes usan indiscriminadamente estos fármacos. Y cuando se interrumpe en forma abrupta su ingesta, se puede producir un síndrome de privación que genera más insomnio, angustia e intranquilidad, los mismos síntomas que se trataban de evitar.

“La dependencia se produce porque el paciente desarrolla tolerancia a la droga; cada vez requiere de dosis más altas para conseguir el mismo efecto, pero también se potencian los problemas”, dice la doctora Ortiz.

El síndrome de abstinencia puede llegar a ser tan grave como el que ocurre con el alcohol -droga con la
que jamás deben mezclarse las benzodiacepinas, porque potencian sus efectos-, por eso no se pueden descontinuar bruscamente.

Cristián M. González S.

Fuente: El Mercurio