
El cáncer es una enfermedad de enfoque y tratamiento multi e interdisciplinario, cuyos factores causales también son múltiples. Este carácter “múltiple” de su formación y expresión se refleja también en lo diverso del modo en que cada persona vive y enfrenta un momento de vida que involucra decisiones más allá del ámbito médico-biológico de la enfermedad. Se enfrenta no sólo a las consecuencias físicas, estéticas, funcionales y cognitivas de tratamientos médicos o no tradicionales, con sus respectivas, sino también a la variedad de efectos sociales, culturales, económicos, familiares y personales que se generan.
En este contexto, la personalidad de quien enferma, su historia, proyectos, deseos, temores y preocupaciones influirán directamente en el significado y respuesta dada ante este suceso que muchas veces causa un malestar emocional reactivo que dificulta la vida cotidiana.
La variedad de efectos físicos y emocionales, relacionados con la enfermedad y sus tratamientos, pueden configurar síntomas que, en ocasiones, pueden no corresponder a un cuadro psicopatológico propiamente tal, pero que sí dan cuenta de cómo la vida cambia y se reorganiza entorno a una enfermedad significada como sinónimo de muerte, dolor y, en ocasiones, oportunidad de cambio.
En este sentido, un paciente oncológico, independiente del estadio de su enfermedad, vive un proceso de adaptación, reflexión y toma de decisiones como parte del proceso de regorganización psíquica que involucra el “verse” y “ser visto” como enfermo. Se comparten inquietudes e interrogantes, muchas sin respuesta definitiva, que dan cuenta de que, respecto del cáncer, no hay quien pueda entregar garantías respecto de, por ejemplo: resultados de tratamiento; tiempo de vida; razones o causas de haber enfermado; posibilidad de recidiva, etc.
En particular, en pacientes con cáncer de mama recién diagnosticadas se ha descrito[1] que sus principales preocupaciones están relacionadas con los hijos y diversos aspectos relacionados con los tratamientos. Sin embargo, de mayor intensidad es la preocupación por el cuidado de terceras personas y la preocupación por el pronóstico de la enfermedad. A lo anterior se agregan, por un lado, inquietudes asociadas tanto a las consecuencias físicas de los tratamientos, que afectan la percepción e imagen de sí así como la vida en pareja y la vivencia de la sexualidad, y, por otro, como a la incertidumbre que acompaña al tiempo que sigue al término de tratamiento. Transversal a lo anterior, la presencia de sintomatología ansiosa y depresiva de variada intensidad es expresión del afrontamiento de los pacientes ante lo prolongado del tratamiento, cambios en el ritmos de vida, revisión de proyectos de vida, sensación de pérdida de control, dolor, fatiga, limitaciones en autonomía y la consecuente sensación de pérdida de independencia, secuelas físicas y psíquicas de tratamientos vividas como la experiencia de un cuerpo al que hay que volver a conocer.
Por tanto, es de significativa importancia crear instancias para identificar y evaluar tempranamente aquellos factores asociados a la aparición de malestar emocional y mayor distress, para así: prevenir el desarrollo sintomático; agravamiento o cronificación de sintomatología previa; aparición o intensificación de trastornos; problemas en adherencia y seguimiento de tratamientos indicados; comunicación con el equipo; adaptación emocional al proceso de enfermedad; y, deterioro en calidad de vida.
Por:
Andrés Orfali Plaza,
Psicólogo Clínico en Redgesam