¿Por qué nos compete hablar de fin de año y sus fiestas?

Naturalmente, para mucho representa un momento de reflexión sobre sí mismo y el modo de dar cierre a un ciclo y el inicio de uno nuevo del que se espera sea mejor o menos malo que el que se deja.

Me valgo entonces de una afirmación general para destacar lo que sí nos compete, como profesionales de una red dedicada a la atención de pacientes portadores de patologías de salud mental.

Efectivamente, y en distintos grados, no podemos ser indiferentes a la vorágine de fin de año que, un par de meses antes, ya va dejando sentir sus efectos a nivel personal, familiar, laboral y social.

Destaco, dentro de este concepto, para todos un tanto obvio, dos aspectos relevantes que están presentes al momento de recibir a un sujeto aquejado porque algo no anda bien y provoca sufrimiento:

– Uno, nos encontramos con sujetos que expresan su malestar subjetivo con respuestas singulares y únicas. Éstas traducen sus dificultades en el ajuste y enfrentamiento ante las exigencias de un periodo caracterizado por el empuje social y publicitario a estar y funcionar bien, a responder a la invitación de revisión y reflexión, y a evitar el estar solos pues es una fecha de comunión familiar.

-El otro aspecto a relevar de la afirmación inicial es que el desempeño de nuestra práctica clínica, y la experiencia que de ella se obtiene, está íntimamente ligada al desarrollo de la civilización, es decir, a los fenómenos propios de la sociedad contemporánea y a la subjetividad de la época; tal como puede ser, por ejemplo, el encontrarse con la presencia impuesta de la navidad a fines de octubre.

En consecuencia, recibimos a personas que consultan por distintas molestias asociadas a distintos grados de ansiedad o angustia, aumento en la irritabilidad, alteraciones del sueño, preocupaciones constantes, tristeza, nostalgia, desinterés o desesperanza. Signos de un malestar a los que habría que estar atentos, en la medida que afecten o interfieran en el desempeño diario o generen problemas a nivel de relaciones interpersonales y/o laborales. Ya que pueden llegar a configurar un cuadro psicopatológico del espectro ansioso o anímico a partir de lo cual sería factible interpretar que no todos llevan bien el ritmo y exigencias del “espíritu navideño”.

De esta manera se puede decir que fin de año reúne determinantes culturales y psicosociales particulares para que surja, en quienes atendemos, un momento de pausa e interrogación respecto al modo en que se ha elegido llevar la vida que se lleva cuando se es parte de una sociedad que tiende a privilegiar el consumo de objetos como forma de obtener bienestar y el valoración de sí mismo.

Más acá de la pregunta por el sentido de vida, y lejos del ideal de responderla, nos encontramos con el desafío de poder ser un lugar de atención y tratamiento del sufrimiento del sujeto, que privilegie el rescate de la dignidad de nuestro paciente, en el trabajo por alojar la expresión de un malestar que enfrenta a un sujeto con aspectos íntimos a los que dar lugar y forma en palabras (nominar) para así, parafraseando a Freud, poder recuperar “un poco de la capacidad de producir y gozar”.