
Aseguran que las personas mayores tienen menos depresión que las jóvenes dada su capacidad para adaptarse a las situaciones cambiantes, aunque hay un infra-diagnóstico de este trastorno como consecuencia de que a menudo se tilda de “normal” los sentimientos de tristeza o apatía durante la vejez. Pero hay incluso un problema mayor, y es que, a menudo, las personas que pertenecen a los grupos estereotipados asumen esas etiquetas. Es el “auto-estereotipo”.
Las personas mayores quieren envejecer en su casa, en su barrio, y las ciudades deberán adaptarse.
Existen dos grandes ejes para los cuales, el rol del psicólogo es fundamental: por un lado, el fomento del envejecimiento activo y la autonomía personal y por otro, la atención de las personas dependientes. Y aunque la jubilación teóricamente representa el momento de transición entre la edad adulta y la vejez, la mayoría de personas no se sienten viejas.
Las personas mayores no están en una etapa de declive, sino en una de transición donde se abandona la vida laboral pero no la trayectoria vital.
Los individuos que muestran expectativas más optimistas y aquellos que tienen una mayor reserva cognitiva se adaptan mejor a los cambios y las demandas, mostrando una respuesta psico-fisiológica más adecuada y positiva.
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