En nuestra “sociedad del bienestar” se está produciendo un fenómeno muy significativo: el de los chicos y chicas desencantados, desmotivados, los llamados “Ninis”, que no quieren estudiar ni trabajar, que pretenden permanecer viviendo en el hogar de los padres de por vida siendo mantenidos por éstos.

Es lo que se ha venido a denominar “la generación nini”: jóvenes que ni estudian ni trabajan.
Por fortuna, se trata de una minoría de los jóvenes actuales, ya que la mayoría trata de abrirse camino en un mercado laboral muy competitivo, en el que la precariedad en los trabajos se ha convertido en algo habitual. Junto a esta esforzada mayoría, coexiste una minoría de chicos y chicas con poco aprecio por el esfuerzo, indolentes, pasivos.

En muchos casos, estos jóvenes son el resultado de la sobreprotección de sus progenitores, que se lo han dado todo desde el punto de vista material.

Como consecuencia de la sobreprotección, estos jóvenes no asumen sus propias responsabilidades y, por tanto, tampoco desarrollan sus capacidades para afrontarlas, porque siempre son sus padres quienes les resuelven los problemas. De este modo, se quedan bloqueados cuando se les presentan dificultades porque son individuos dependientes que apenas han fortalecido sus recursos personales. Así, se dan de bruces contra un mercado laboral tan agresivo y con las exigencias académicas.

Como perciben que no son capaces de cuidarse por sí solos ni enfrentarse a los desafíos cotidianos, tienen una baja autoestima y son personas con miedo al futuro.
Además, con la intención de evitarles cualquier contrariedad, los padres han malacostumbrado a estos chicos y chicas a que sus deseos se hicieran realidad con solo chasquear los dedos, por lo que estos jóvenes tienen muy baja tolerancia a la frustración. Asumen con gran dificultad que las cosas muchas veces no salen como uno quisiera y reaccionan de manera airada e incontrolable.

Sobreproteger a un hijo y convertirse en rehén de sus deseos, lejos de impulsarle a crecer con una buena salud emocional, dificulta el desarrollo de sus potencialidades y no le ayuda a superar la mágica creencia de que es el ombligo del universo.

Por otra parte, esta generación nini está bastante uniformada, no solamente en cuanto al vestido, sino también en lo que se refiere a las creencias y los valores. Parecen como si todos estos chicos que ni estudian ni trabajan estuvieran cortados por el mismo patrón: la indiferencia, la pasividad, la falta de amor al riesgo, la comodidad, la seguridad familiar, son algunas de sus características.

Como afirmaba una madre de uno de estos chicos en la consulta, mientras se lamentaba de no haber sabido que con ciertas concesiones no le ayudaban a madurar psicológicamente: “Esta juventud está como hilvanada a su entorno”. Parece como si en cualquier momento se fuera a romper y su gran esfuerzo es por no entrar en conflicto con nada. Pasan como de puntillas por los problemas cerca­nos o lejanos: “los contratos-basura”, el paro, las guerras. Son jóvenes sin el entusias­mo, el quijotismo, el compromiso y la misma inconformidad de otros chicos de su edad.

El joven nini no profundiza en sus propios deseos y proyectos, sino que intenta acomodarse a lo establecido. Lo que está de moda se convierte así en su único punto de referencia. Si es costumbre beber alcohol o tomar sustancias los sábados por la noche, pues se hace. No se cuestionan más. Se eleva a la categoría de norma y ley lo que establece la mayoría. No se preguntan sino lo que hacen les agrada o desagrada, sino si está o no en consonancia con la moda al uso.

El joven que ni quiere estudiar ni trabajar es como un radar que intenta captar, en cada momento, los mensajes de su entorno. Es como un autómata que vive repitiendo modelos y actuaciones de los más famosos. Esta actitud provoca la renuncia a las propias posibilidades, y un “tragarse” como bueno todo lo que viene desde fuera, sobre todo si es transmitido por la televisión o las redes sociales.

Esta juventud light carece de compromiso con los demás. Tienen poco que ver con otros jóvenes comprometidos, solidarios, que saben quiénes son, qué quieren y cuáles son sus metas. Los chicos nini solamente saben conjugar el verbo pedir, reclamar sus derechos y no cumplir con sus obligaciones. Es una generación que siente vértigo ante el posible compromiso y tiende a lo más fácil: seguir pro­tegidos por “los papás”. “Pasan” de todo lo que signifique obligación o defender las propias creencias o valores.
Fuente: http://www.cuidatusaludemocional.com/mi-hijo-no-quiere-estudiar-ni-trabajar.html