
Aunque los mecanismos de la salud mental son complejos, son muchos los trabajos que han demostrado de manera concluyente la influencia de la dieta como factor crucial en la alta prevalencia e incidencia de este tipo de trastornos.
“Una alimentación desequilibrada o escasa puede producir carencias específicas de algunos minerales o vitaminas que se manifiestan a través de síntomas como la apatía, la desgana, la dificultad de mantener la atención, el nerviosismo, el cansancio, los fallos a la hora de recordar ciertos detalles, falta de concentración e, incluso, puede derivar en síntomas depresivos”, explica el psicólogo Alfonso Méndez, director de la Unidad de Obesidad del Instituto Centta, en Madrid.
En este contexto, la ingesta de frutas y hortalizas se ha revelado como vehículo fundamental para la obtención de nutrientes.
“Su consumo se ha asociado a un menor riesgo de mortalidad total y de enfermedades crónicas como la diabetes, la enfermedad cardiovascular y el cáncer”, apunta Manuel Moñino, investigador del Centro Biomédica. Pero, además, “muchas nos proveen de sustancias clave para el sistema nervioso y la función psicológica”, continúa.
En efecto, un estudio publicado en ‘The Journal of International Medical Research’ encontró que los carotenoides (provitamina A), vitaminas C y B y ciertos minerales como el calcio, el magnesio, el zinc o el potasio son fundamentales para un óptimo funcionamiento cognitivo y emocional. Estos nutrientes se encuentran en todas las frutas (vitamina C), cebollas, pimientos, frutos secos, setas, habas, espinacas, acelgas y judías verdes.
La hipoglucemia puede provocar excesivo nerviosismo, mareos, irritabilidad, falta de concentración y cansancio
“La glucosa, que es la molécula en la que se descomponen los hidratos de carbono, es el combustible del cerebro”, advierte Méndez. Las frutas y verduras (junto a cereales y legumbres) son las principales fuentes de hidratos de carbono complejos. Su ausencia, según el psicólogo, puede provocar hipoglucemia, y esta puede estar detrás de un excesivo nerviosismo, mareos, falta de concentración, irritabilidad o cansancio.
Otros nutrientes relacionados directamente con la salud mental son los ácidos grasos esenciales, presentes en frutos secos y frutas como el aguacate. Encargados del transporte de vitaminas liposolubles (A, D, E y K), forman parte, además, de los revestimientos de las membranas de las neuronas.
Su déficit “puede ocasionar deterioro de la membrana neuronal y enlentecimiento de la mielinización de las neuronas, con su consecuente ralentización de los procesos cognitivos”, continúa el experto.
Estos mismos frutos (además de otros frescos, como el plátano o la piña) son portadores de triptófano, el aminoácido precursor de la serotonina. Este neurotransmisor “interviene en multitud de procesos, como la regulación del estado de ánimo o de los estados de sueño-vigilia”, aclara Alfonso Méndez.
Estado emocional y apetencia de alimentos
¿Es posible que el aumento de enfermedades mentales como la depresión haya influido en nuestra menor ingesta de fruta y verdura? Según el psicólogo Alfonso Méndez, un estado emocional desagradable puede despertar el impulso de recurrir a alimentos hipercalóricos, ricos en grasas saturadas, sales o hidratos de carbono simples —como galletas o comida rápida— para amortiguar estas sensaciones.
“Es lo que se denomina ‘comer emocional’. No hacemos esas elecciones de alimentos al azar, sino que detrás de ese impulso está la búsqueda de la estimulación de un mecanismo dopaminérgico para la liberación de dopamina, un neurotransmisor que está relacionado con la búsqueda de placer”, explica.
Por el contrario, parece que un estado emocional equilibrado y positivo tiende a no despertar este impulso compensatorio, lo que permite hacer correctas elecciones de alimentos. Además, concluye Méndez, “percibir de forma subjetiva esta sensación de control sobre las decisiones o elecciones de alimentos es un engranaje fundamental para reforzar nuestro autoconcepto y nuestra autoestima”.