
Todo lo que genera placer es susceptible de generar un comportamiento compulsivo, adictivo. Ha sucedido siempre con las drogas, el alcohol o el tabaco y el sexo también lo genera. Hay personas más libidinosas que otras y ser más o menos capaces de controlar el impulso sexual es algo que concierne a cada uno. Pero ¿dónde termina el vicio y empieza el trastorno?
El trastorno comienza cuando ya no es el placer sexual el motor que conduce a la persona a repetir la conducta, sino evitar el displacer. Cuando le produce un intenso sufrimiento, ansiedad, angustia. Cuando su vida empieza a verse afectada porque su comportamiento sexual compulsivo se convierte en prioridad.
Este trastorno se define como un patrón persistente de falla para controlar los deseos sexuales o impulsos sexuales intensos y repetitivos.
“La importancia de reconocer este problema como un desorden de salud es la posibilidad de que aquellos que han dejado de disfrutar el sexo y han pasado a sufrirlo, pidan ayuda”, dice la psiquiatra y experta en neuropsiquiatría, Lola Morón.
“Aunque no nos guste etiquetar a nuestros pacientes, los profesionales de la salud mental tenemos que poner nombre a aquello que es potencialmente peligroso o que genera sufrimiento a la persona o a su entorno. Y una persona adicta al sexo puede destrozar su vida”, agrega.
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