La inestabilidad en el ánimo de estos pacientes cuando no están bien tratados altera la dinámica al interior de la familia y dificulta su aporte al manejo de la enfermedad.

El trastorno bipolar (TB),  es una enfermedad que afecta a cerca del 3% de la población. Sin embargo, al considerar su impacto, ese porcentaje se duplica o triplica, ya que detrás de cada paciente hay una familia que también debe aprender a convivir con esta patología de por vida.

Educar a la población sobre este trastorno es el objetivo del Día Mundial del Trastorno Bipolar, que se conmemora este sábado 30 de marzo.

María (quien prefiere no dar su verdadero nombre) ha vivido esta experiencia por partida doble: dos de sus cuatro hijos tienen TB. “Al primero le fue diagnosticado a los 18 años, en 4º medio. Sufrió una crisis de euforia en el colegio y nos llamaron”, recuerda. Hoy su hijo ya tiene 29 años y está en un proceso de reinserción a la universidad, porque durante un tiempo abandonó los medicamentos y tuvo una recaída.

Su hermana mayor supo que tenía la misma enfermedad en 2014, a los 28 años. “Apenas tuvo una crisis, sospechamos de inmediato y el diagnóstico fue precoz -cuenta su madre-. Desde entonces está en tratamiento, es autosuficiente y ahora está cursando un doctorado fuera del país”.

María reconoce que en el manejo de su primer hijo cometieron errores y faltó información. “Al principio usamos solo fármacos, pero el abordaje debe ser multidisciplinario (con intervenciones psicológicas, ocupacionales, terapias de grupo) porque la enfermedad impacta la dinámica familiar. Cuando ves que tu hijo está en una crisis, es una situación muy desestabilizadora y súper dura”.

Desgaste emocional

“La enfermedad impacta de muchas formas”, dice el doctor Alberto Aedo, psiquiatra de la Unidad de Trastorno Bipolar de la Clínica UC San Carlos de Apoquindo. “En la mayoría de los casos, el diagnóstico tarda en llegar. En ese período, el paciente es alguien que cuesta mucho entender, por sus fluctuaciones anímicas”.

Diagnóstico en mano, las cosas no siempre son mejores. “El desgaste es importante porque las manifestaciones propias de la enfermedad son emocionales y conductuales; un paciente descompensado manifiesta irritabilidad, desánimo, angustia o se vuelve impulsivo. Entonces, quienes están a su cuidado sufren”, enfatiza el doctor Miguel Prieto, psiquiatra de la Clínica U. de los Andes.

Además, “hay resistencia del paciente o la familia por el estigma y la carga social asociada; tratar a alguien de bipolar se usa para burlarse o denostarlo. Y eso es una clara falta de conocimiento sobre el tema”, agrega Aedo.

Justamente educar a la población sobre este trastorno, enfatiza el médico, es el objetivo del Día Mundial del Trastorno Bipolar, que se conmemora este sábado.

La evidencia científica muestra que la familia juega un rol fundamental en el manejo de la enfermedad, al identificar señales precoces de una crisis, al incentivar al paciente a mantener el tratamiento y a llevar medidas de autocuidado (como un buen dormir o evitar el alcohol y las drogas). Todo lo que redunda en un menor número de recaídas.

El doctor Aedo recuerda casos de familias que sabían que se avecinaba una crisis porque el paciente cambiaba los colores de su vestimenta o el tipo de música que escuchaba.

Sin embargo, la enfermedad pone a prueba las relaciones familiares. “En etapas agudas, son habituales los conflictos interpersonales como resultado de un circuito interaccional entre el estado del paciente y las reacciones de la familia y la red social”, explica Mariely Said, psicóloga de la U. Católica.

“(El rol de la familia) es ayudarlo a crecer y vivir con la enfermedad. Esto se logra evitando caer en los extremos de la crítica y la sobreprotección”, precisa la especialista. Además, agrega, es importante que la familia tenga un buen plan de acción frente a los diferentes episodios que pueden surgir.

“En la fase depresiva, la familia puede ayudar no trivializando los sentimientos del paciente, acompañándolo y ayudándolo a realizar actividades placenteras. En la fase maníaca, ayuda evitar las discusiones y posponer decisiones”. En cualquier caso, es importante llevar al paciente a la consulta del médico.

Eso también permite estar alerta sobre la familia. Tal como ocurre en otras patologías crónicas, hay una mayor prevalencia a sufrir trastornos depresivos en quienes se hacen cargo o conviven con un familiar con TB.

A través de la psicoeducación, dice el doctor Prieto, se le entregan herramientas para “manejar efectos adversos, ser más eficientes en el cuidado y para detectar precozmente si algún miembro de la familia está presentando síntomas propios del desgaste (como insomnio, cansancio, irritabilidad), para hacer un relevo y ofrecer una intervención”.

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