
El sondeo fue hecho por la psicóloga Ana Barrera, de la U. Católica de Temuco, como parte de una investigación auspiciada por Conicyt que fue aplicada en ese plantel y en las universidades de Concepción y de Tarapacá. Los datos indican que 44% de los alumnos acudió o está asistiendo a terapia psicológica. En tanto, 46% tiene síntomas depresivos, 46% muestra ansiedad, 54% padece estrés y 30% tiene los tres problemas a la vez.
Además, el estudio concluye que 87% de los consultados posee malos hábitos alimenticios, 67% sufre insomnio o sueño durante el día y 24% consume alcohol de una a cuatro veces a la semana. Incluso, se detectó a 31 personas (5%) que tenían pensamientos suicidas (ver infografía).
“Estas escalas nos señalan que casi un 50% de los universitarios de esta muestra podría estar en riesgo de ser diagnosticado con un trastorno clínico depresivo, ansioso o de estrés”, dice el estudio.
Barrera explica que “existe una mayor prevalencia a enfermedades de salud mental y eso es preocupante. Apliqué el instrumento en diferentes regiones y épocas del año y no hay mayor variación. Es preocupante que los estudiantes estén presentando sintomatologías que pueden repercutir en su bienestar emocional y desempeño”.
A su juicio, sin embargo, no es posible atribuir estos problemas solo a la carga académica. “Hay autores que dicen que la mala salud mental en esta edad tiene que ver con problemas que no se resolvieron en la adolescencia. También tiene que ver con características de personalidad. Quienes tienen pocas redes de contacto y bajo apoyo social están en mayor riesgo de presentar problemas de salud mental”, agrega.
¿Es incompatible la rigurosidad en los estudios con la salud mental? Los estudiantes dicen que no y lo mismo creen los expertos. Vania Martínez es directora de Imhay, organización de investigadores de cuatro universidades que estudian la salud mental de los jóvenes. A partir de sus experiencias, sugiere iniciativas que las universidades pueden aplicar para reducir estos trastornos en los alumnos.
“Hay herramientas tecnológicas que podrían ayudarnos. Tal como a los profesores nos piden valorizar el tiempo que demoramos en escribir un artículo o preparar una clase, podríamos valorizar el trabajo no presencial de los estudiantes”, relata.
A su juicio, el país “ha avanzado bastante en prevenir otros problemas, como promover la salud física, pero en salud mental estamos en deuda. Además, como los jóvenes son bastante sanos, se acercan poco a los centros de salud para consultar por este tema, sobre el que todavía hay un estigma social”.
El rector de uno de los planteles estudiados, Emilio Rodríguez, de la U. de Tarapacá, cuenta que 6,2% de sus alumnos ha acudido al Servicio de Salud Estudiantil por trastornos mentales, “siendo la sobrecarga académica una variable muy decisiva”. Los casos se duplicaron en el último quinquenio, por lo que en ese plantel se creó una comisión para rediseñar los programas de apoyo.
Según Rodríguez, la raíz del problema está en la brecha de exigencia entre la educación media y la superior. “Esa brecha se ha ido expandiendo. Hay que aumentar la exigencia en la enseñanza media, pero la enseñanza universitaria también tiene una responsabilidad, porque nosotros formamos a los profesores de las escuelas”, plantea.
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